Conoce a Pimpiridolfo
Al fin empezaré a hablar de mi hiperfoco actual: la anarquía relacional y las no monogamias en general.
Llevo varias semanas pensando en esta criatura, con mucho respeto y curiosidad, aunque anticipo que hasta ahora me parece un personaje de dudoso talento y poca gracia.
Después de mi experiencia de casi tres décadas de monogamia serial y de dos años de deconstruir y reconstruir el amor de pareja a mi modo, en mi mente y en la materialidad de mis relaciones, he empezado a observar la forma en que se manifiesta el parejocentrismo del que hablan tantxs autorxs (guiño, guiño: influencers).
Le llamo Pimpiridolfo. Es un muñeco bastante peculiar y fácil de reconocer, pero se necesita entrenar un poco el ojo para reconocerlo.
Para poder verlo, te propongo que recuerdes a tu pareja modelo de referencia o, mejor aún, que convivas un rato con una pareja tradicional que te parezca exitosa en su relación. Te juro que lo vas a ver…
Obsérvalos bien, de frente.
No son perfectos, ¿verdad? La monogamia compulsiva nos pide esfuerzo, humildad y persistencia, no perfección.
A simple vista parecen dos personas, ¿verdad? Ya no se estila mucho vestirse con camisetas polo a juego, aunque probablemente utilicen los mismos colores o materiales, a fuerza de compartir suavizante y día de lavado porque ¿qué pareja exitosa no vive junta? Es lo normal, ¿no? ¿NOOO?
Pimpiridolfo se acomoda detrás de la cortina, con su corbata de moñito.
Ahora escúchalos hablar.
Plantea un tema. Haz algunas preguntas...
Hablan en plural. ¿Lo notaste? ¡Exactamente! Ese es el signo más notorio de la fusión parejocéntrica y, por lo tanto, de la existencia de Pimpiridolfo como una entidad externa con personalidad propia y bastante artificial. “Fuimos a tal lugar…”, “Haremos este viaje…”
Pimpiridolfo entra tímidamente a la escena.
Presta atención a los detalles.
Usualmente hay un intercambio de elogios o de comentarios pasivo agresivos sobre el otro: “él es distraído”, “ella es la que manda”, “jaja, jiji”…
Se leen la mente. Saben cuando uno tiene calor o el otro ya se quiere ir, y actúan a favor de su pensamiento compartido, comunicándose en voz baja o con señas entre ellos.
Pimpiridolfo mueve sus piernitas con gracia y delicadeza.
Por último, intenta hablar con ellos por separado.
Haz preguntas que sean claramente individuales, dirigiéndote a uno de ellos. Pídeles hablar de sus gustos, sus agendas, sus necesidades, sus dudas existenciales o cualquier aspecto que implique un poco de introspección (política y religión nunca fallan).
Es muy probable que sí reconozcan su lenguaje interior y que dejen salir la información ya curada de forma especial para la dinámica de pareja, o iniciando en singular y terminando en plural, u omitiendo su verdadera opinión, o cambiando de tema.
Pimpiridolfo baila frenéticamente la rutina que ya se sabe. Canta, hace acrobacias con su sombrero y toca el piso con su bastón mientras deja ver sutilmente a sus titiriteros, al fondo, vestidos de negro y con pasamontañas, “para siempre jamás.”
—
Creo que las dinámicas relacionales propician la construcción de un lenguaje en común, uno a uno, que es esencial para nutrir y sostener la relación de pareja, de amistad o familiar.
Pero esto es diferente. Lo que me mueve a reflexionar y escribir sobre Pimpiridolfo es su carácter performativo. La verdad es que no me cae muy bien.
La monogamia compulsiva es una simulación bastante chafa de la vida comunitaria que realmente necesitamos para sobrevivir. Tenemos que construir estos personajes porque el mandato monógamo y de familia-nuclear-con-hijitos,-casa-y-auto es muy difícil de sostener: a uno le gusta el cine y la otra se duerme religiosamente en cada función, una cuida al chamaco y el otro lava meticulosamente el auto, uno realiza sus fantasías en secreto y la otra ni siquiera sabe que podría conocer a otros santacloses¹…
Todo mal.
Yo le quitaría las pilas a todos los Pimpiridolfos del mundo.
¿Qué opinas? ¿Nada que ver o sí pasa?
Disculpen mi heteronormatividad. Una lucha a la vez.

