Peces
No sé cómo escribir algo que no venga de mi experiencia de vida y mi experiencia en las últimas tres semanas es difícil de describir. Los peces sobre mi cabeza me hablan en portugués. Intento tocarlos, les hago señas, pero sigo tratando de entender lo que necesitan y lo que significan para mí.
Portugal es un paraíso, como cualquier lugar que no es tu propia casa. La mayoría de la gente tiene orificios centrales y extremidades en pares. Dedos, pestañas y otras características alienígenas. Quince horas de sol al día y aún así nunca es demasiado. Entiendo por qué todo se ve dorado y por qué la gente se asolea impunemente en los parques y cafés, cuando cerca del cinturón de la tierra esto sería garantía de muerte súbita.
Este viaje ha sido todo lo que no hubiera imaginado y mucho de lo que no sabía que desearía. También contiene algunas dificultades de las que reniego, aunque alcanzo a ver la sabiduría y el buen amor que traen bajo el brazo.
Las relaciones humanas son hermosas y complejas. Los individuos y sus grupos sociales se tocan a distancia o se acorazan inesperadamente cuando ya se encuentran a cinco centímetros uno del otro.
Escribo esto en un precioso café en un parque botánico de Viana do Castelo. R y yo estuvimos aquí hace año y medio, cuando el amor entre nosotros aún estaba germinando. Hoy nuestro amor tiene algunas ramas pesadas y nos toca hacer una poda amorosa para devolverle el equilibrio y la ligereza de antes. Quiero que crezca hacia arriba o hacia los lados, pero sin doblarse mucho ni caerse. El agua, el viento y el sol harán su trabajo, aquí o a 7 mil kilómetros, en casa.
Mientras tanto pido a las diosas que el amor se expanda como las olas del Atlántico, de una costa a otra, del fin del mundo al inicio del mundo, en la preciosa certeza del cambio continuo y generoso de la vida en la mayor libertad posible.
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