Atravesar dos veces el mismo río
Tengo tanto que escribir.
Sé que el tiempo de vida sólo me alcanzará para cachar algunos pensamientos y darles algo de coherencia en este espacio, pero lo agradezco.
Estoy en España y siento un respiro interesante.
Portugal es melancólica y la amo. España es vivaz y la odio un poco. Mi pensamiento es tan colonizado como anticolonial, así que tengo que hacer esfuerzos constantes por conservar la curiosidad y la neutralidad en este contexto.
En este viaje han pasado tantas cosas importantes, duras, bellas, confusas y sanadoras, que no sé si sería capaz de hablar de ellas.
“No se puede atravesar dos veces el mismo río.” —Viejo Lesbiano me repite esta frase mientras comemos unas batatas en alguna parte del laberinto de piedra que rodea la Catedral de Santiago.
Vine con un proyecto en mente: confirmar mi decision de cultivar e intercambiar papas para vivir dignamente los siguientes 20 años. Como el deseo que lanzas a la buena fortuna a las 11:11, me permití “soltar” toda expectativa, sin realmente soltar el deseo de mirar a una mujer acarreando repollos en medio de un huerto al atardecer y finalmente entender mi nueva misión en esta tierra.
Eso pasó. Quiero decir que sí vi a esa mujer desde una ventana en mi Airbnb en Portugal, pero no sentí la iluminación que esperaba. No sentí mucho realmente, más que el regocijo visual de los surcos en la tierra, el verde húmedo de los cultivos y la luz de la tarde rociando todo con escarcha. Pero no sentí el llamado de las papas.
Ahora mismo puedo decir que no he sido iluminada con el entendimiento de una nueva vocación y que lo único en común entre mi Camino anterior y este es que al final he soltado toda expectativa.
Llegamos en autobús a Santiago de Compostela, recorriendo en tres horas lo que recorrimos en una semana a pie en 2024. Busco de nuevo las estadísticas en mi teléfono y me digo a modo de consuelo: pero he caminado 180 km. Algo es algo. Ademas a nadie le importan tanto los sellos y las ampollas y las Compostelas escritas en latín. Ya nadie habla latín y ademas yo no soy católica y la mayoría de las veces ni siquiera creo en Dios.
Voy completando este camino interno a mis 46 años, al margen de las Compostelas que tanto valoraba en mis vidas anteriores: una casa, un esposo, una empresa, reconocimiento, delgadez y quien sabe cuántas cosas más.
No es que no me importe todo eso. Podría usar un maletín lleno de Euros si me lo encontrara ahora mismo, sin dueño, en una calle de este lugar donde la gente toma cerveza en la mañana y café en la noche, pero definitivamente me voy a abstener de molestar a las diosas con peticiones extraordinarias, porque la vida es ordinarísima y eso es lo que la hace preciosa.
Soy un pez en el río. O mejor aún, una sardina en el mar que ha salvado la vida hasta ahora y sigue nadando en cardumen. La máxima Compostela posible.
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