22 muñequitos

Este año no comí rosca de Reyes. Lo considero un éxito en la parte culinaria porque soy una junkie del pan (no del partido, pordiós) y realmente hay muchos panes que preferiría por encima de una rosca tradicional con frutas secas y muñequitos de plástico.

Por el lado social sí siento que me hubiera gustado la sana competencia de ver a quién le tocarían los tamales este año. Guiño, guiño porque la mayoría de las veces esa apuesta no se paga.

Cuando tenía una empresa (empieza a llorar), siempre cortábamos una rosca sobre los escritorios, llenándolos de migajas como dicen las escrituras y haciendo trampa todas las veces posibles para que al último glotón de la fila le tocaran 22 muñequitos ya chupados y vueltos a insertar en el pan jaja (se seca las lágrimas).

Con la rosca se acaba el famoso Guadalupe-Reyes, el maratón de excesos más conocido de una nación que vive en excesos todo el año. Creo que esta vez finalmente llegué a mi nirvana anti-tradiciones personal: este año nuevo lo pasé parada pokerface frente a una ventana fría en CDMX tratando de escuchar los “cuetes” que deberían estar tronando en el Ángel de la Independencia a unas cuadras de donde nos hospedamos. (Gracias amigo Fran por explicarnos después que en la capital están prohibidos los fuegos artificiales.)

Se supone que debía ser un momento mágico pero yo estaba enojada con alguien a quien no mencionaré (H*) y con otra persona mala (mi hija) que no quiso salir esa noche y con el otro malo (mi hijo) que se fue a festejar con personas más cules que su familia. En teoría yo, como la persona central de esa familia frankenstein, debí unir a todos expresando alegría por el cambio de año y repartiendo abrazos, sonriente, pero no quise. Les di un abrazo y un beso en la mejilla, susurrando feliz navidad o algo que no tenía nada que ver, y nos fuimos a dormir.

Traumas performativos del pasado aparte, de verdad que me siento bien de no tener que sujetarme a las normas sociales de las festividades. No tuve que pensar en a qué hora se sirve cada cosa, en organizar unas palabras bonitas, en que todos lleguen y por lo menos sonrían un poco para que no piensen que soy una mala madre o persona, en que nadie se moleste porque no fue tomado en cuenta, en repartir regalos y mucho menos en arrullar al niñodios que eso sólo lo hago por mi mamá cada lustro.

Extraño la parte de las tradiciones que incluían a mis amigos del pasado, a mis hermanos y primos y a mis hijos pequeños en la mañana de Navidad. Agradezco las festividades de antes y también agradezco que ya pasaron y puedo ver desde la ventana, con calma, a cada persona que he elegido amar y la preciosa oportunidad de crear nuevas mini-tradiciones con cada una, a nuestro modo y sin presiones.

Todo bien :)

*H quiere ser llamado de otra forma, con inicial R, así que pronto lo mencionaré así :)

Ime Maldonado

Hago páginas web desde que los dinosaurios caminaban en la Tierra. Escribo contenido digital desde una neurodivergencia amorosa y rabiosa.

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