El ojo de Sofía

Mirar las marcas de lodo en el piso azul de abuelita.

Cerrar los ojos en una meditación de lluvia, naranja agria, achiote y cirio pascual.

Acostarse con los pies hacia arriba y regresar a la realidad donde el techo es el piso.

Observar a María y sentir que te habla para decirle a mamá.

Mirar las gotas aprisionadas en el ventanal. Ver la cara de Jesús o algo.

Esperar.

Buscar algo en un clóset y sentir un dolor en el pie. Otra vez un alacrán.

Llorar.

Olvidar.

Asomarse a la calle y sentir en la cara la frescura del polvo felizmente contenido. Sentir una mirada y tener miedo. Mejor entrar.

Darse por vencida y bañarse con las puntas de los dedos hacia el cielo.

Salir en chanclas para protegerse de las reumas infantiles, los catarros y los resbalones que ‘a te desnucan’.

Ocho millones de chocomiles con francés y queso de bola mientras los grandes ríen de algo que no se entiende.

Cada quien a su cuarto. Observar las sombras en el techo pero sin miedo porque los fantasmas no existen.

Soñar con alacranes y con la catarata en el ojo de Sofía.

Esperar.

Repetir.

Ime Maldonado

Hago páginas web desde que los dinosaurios caminaban en la Tierra. Escribo contenido digital desde una neurodivergencia amorosa y rabiosa.

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